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relato + Testimonio de un tiempo libre + Marié
Rojas Tamayo
TESTIMONIO DE UN TIEMPO BREVE
A mi suegro, Pepe,
A mi hermano Freddy
Y a mi esposo Raimundo.
El azar es una serpiente que se muerde la cola... Un pacífico mediodía
de domingo, me encontraba disfrutando un almuerzo familiar cuando una sombra
rauda se coló por la ventana del balcón y siguió vuelo
rumbo a los cuartos, lanzando agudos chillidos.
- ¡Un murciélago! - gritó mi suegro, que estaba de visita.
- No, fue una mariposa nocturna - aseguró mi esposo, con el aplomo
de un especialista, olvidando el hecho de que era un bello día de agosto,
soleado como pocos y que las mariposas no emiten sonidos.
Pero yo, la miope del trío, había visto demasiado colorido y,
sin atreverme a asegurar nada, pedí que cerraran puertas y ventanas...
la cacería había comenzado. Sin saberlo, me encontraba ante
uno de esos momentos en la vida de una persona que pueden cambiar su sino
de modo definitivo.
Luego de casi perder dos dedos, tuve entre mis manos al intruso. Siempre quise
tener un pajarito, pero mi esposo no es muy adicto a las mascotas, además
de considerarlas una fuente de gastos inútiles. Ahora me llegaba uno
bellísimo, completamente gratis, a mi propia casa... podía considerarme
afortunada. Era - aclaro que mis conocimientos de ornitología no iban
más allá de algunas clases de octavo grado a las que no atendí
muy bien - una especie de periquito, muy semejante a una cotorra en el colorido,
aunque más pequeño. En vistas de que no iba a dejar de picarme
cada vez que pudiera, solicité urgentemente un recipiente para dejarlo,
al menos hasta que consiguiéramos una jaula. A falta de otra solución,
optamos por vaciar el cesto de la ropa sucia y colocarlo en él. No
hizo más que entrar y echó un pequeño recuerdo en el
fondo. Luego comenzó a aletear desesperadamente, tratando de salir...
El problema de encontrarle una vivienda adecuada era más que urgente.
Mi suegro recordó haber escuchado por televisión el anuncio
de una feria de aves que iba a tener lugar en el fin de semana en un concurrido
parque, lo suficientemente lejos de nuestra casa como para no poder ir a pie.
Terminado el almuerzo interrumpido, tomamos un taxi.
En cuanto llegamos, nuestra mirada se cruzó con la de un hombre de
mediana edad, rodeado de jaulas vacías y jaulas con pájaros.
Muy cordial, nos preguntó qué deseábamos:
- Una jaula para un periquito - dije, pensando que con esto bastaba.
- ¿Un periquito australiano?
- Supongo... - respondí, bastante confundida, pues ni siquiera recordaba
cómo era el que había dejado en casa... Así que había
diversas especies de periquitos... ¿quién lo diría?
- Aquí tiene jaulas para escoger, señora - me sacó de
mis meditaciones el vendedor -, pero le advierto que si un periquito australiano
se trata de criar sin pareja, se muere de tristeza.
Miré a mi esposo con preocupación, no quería ser la culpable
de la muerte de mi prisionero, él asintió en silencio. Pero
resultó que debía comprar la pareja exacta, pues según
el amable expendedor, si colocaba juntos dos machos o dos hembras el efecto
era negativo, ¿cómo era que yo no sabía el sexo de mi
pajarito? Si era muy fácil: los machos tenían una manchita azulada
sobre el pico, que en las hembras era amarillenta, a excepción de la
época de celo, en que ésta se tornaba carmelita... Apenada ante
mi suma ignorancia, le conté cómo había llegado a mis
manos tan preciado tesoro. La sugerencia fue sencilla, debía ir a buscar
el ave, el entendido señor le determinaría el sexo, y me vendería
entonces la jaula con la pareja ideal.
Eso no estaba en los planes originales. Estábamos a fines de mes, estirando
los restos del salario; a la jaula y el pájaro no planificados, ya
teníamos que sumarle el gasto del taxi, al que había que agregar
el taxi de regreso... multiplicar esto por dos hubiera sido un derroche, casi
costaba tanto como uno de los pajaritos. Mirando mis dedos llenos de picotazos,
tuve una brillante idea:
- ¿Y si nos llevamos la pareja? Si hay dos hembras o dos machos no
importa, el que quede asume la responsabilidad, entre las aves eso no se debe
ver mal, o eso pienso...
Ya mi esposo me estaba mirando con aire atravesado cuando el entendido caballero
me prometió un descuento si hacía la compra completa, incluido
un paquete de comida para mis tres pájaros. Seleccioné una preciosa
hembra de tonos marinos y un macho que combinaba el verde con el amarillo
de modo envidiable. Pagué al feliz vendedor, que me deseó buena
suerte con una ancha sonrisa y me monté en el taxi de regreso, prometiendo
a mi esposo que podía considerar aquello como el regalo del día
de mi cercano cumpleaños.
Al llegar a la casa y destapar el cesto, comprobamos que ni amarilla, ni carmelita-celo,
ni azulada... sencillamente lo que teníamos en la cesta no tenía
nada en común con las dos aves que acabábamos de comprar. Tratamos
de ponerlas juntas, en fin, que jaula sobraba, pero mi querido visitante verdirrojo
la emprendió contra los dos periquitos. Mi esposo propuso ir a devolverlos
y quedarnos con la jaula y el ave desconocida pero, sin contar gastos de transporte,
estaba el hecho de que ya yo me había encariñado con mi obsequio,
además de que era un hecho irrefutable que al menos sabía que
esos dos sí eran periquitos australianos.
Entre chillidos estridentes y nuevos intentos de arrancarme un dedo, devolvimos
el inidentificado a la cesta y decidimos llamar a un vecino que tiene una
cotorra muy vieja y escandalosa, llamada Lola, para que nos dijera si aquello
le recordaba en algo a su avecilla, en los remotos tiempos de su primera infancia.
Después de celebrar su plumaje y recibir un picotazo en un labio por
acercarse demasiado, concluyó que tampoco pertenecía a la amplia
familia de las Lolas. Recordé entonces que mi hermano había
sido profesor de biología después de ser fotógrafo y
antes de ser profesor de artes marciales y decidí llamarlo, mientras
mi esposo se iba con el vecino, mascullando que estaba al borde de una crisis,
en busca de un taladro para colocar la jaula.
Mi hermano no supo decir qué era aquello, pero estuvo de acuerdo conmigo
en que era muy lindo. De algo me sirvió su visita, pues me informó
de una tienda recién abierta, muy cerca de mi casa, donde a precios
prohibitivos vendían toda clase de jaulas y aditamentos. Tal vez ahí
me pudieran informar. Dejando al desconocido en su cesta y a los identificados
en la pared de la sala, salí con mi esposo, no sin prometerle antes
que no haría nuevos gastos... "aunque tenga que volver a soltar
al pájaro, total, ya tenemos dos..." Era una visita meramente
investigativa.
Llegamos a la tiendecita, un lugar muy acogedor, donde nos enseñaron
un catálogo de aves. Allí nos enteramos de que lo que intentaba
destruir nuestro cesto era nada menos que un roseicolli - a partir de ahora
lo llamaremos rosacoli, que es más fácil - y que lo de la pareja
imprescindible era un truco de los criadores para aumentar sus ventas. Para
que el viaje no fuera del todo en vano, compré una jaulita verde, a
juego con el plumaje de mi pajarito, en forma de casa japonesa, algo pequeña
- era la más barata - pero suficiente para alguien que estaba destinado
a quedarse sin pareja. "Como si le tenemos que poner un espejo, para
que se enamore de su imagen, pero ni uno más, ya has hecho bastante
por complacerme", le repetí a mi media naranja mientras añadía
a la factura otro paquete de comida para aves, un bebedero en forma de fuente
y un ejemplar del catálogo, para evitar nuevas equivocaciones. Tranquilicé
sus ya alterados nervios, asegurándole que con eso ya me había
hecho el regalo de fin de año. Ya en casa, taladro en mano, después
de haber consultado un libro de Tolkien, empezamos a buscar en qué
pared se vería mejor Bilbo, que no paraba de escandalizar desde su
nueva casita, mientras Gandalf y Galadriel nos miraban de reojo, pensando
tal vez en las vueltas que da el destino.
Cualquier historia normal terminaría ahí, pero debo ser fiel
a la verdad, que supera en ocasiones a las más disparatadas fantasías.
Exactamente una semana después, mientras comíamos los espaguetis
de cada domingo con mi suegro como invitado de honor, se coló otra
avecita multicolor por la misma ventana. Repetí el procedimiento de
la cacería, ahora con más experiencia, y con un solo dedo afectado,
pude dar captura al recién llegado. Lo primero que hice fue cerciorarme,
con la ayuda del catálogo, de que tenía en mis manos a un asustado
rosacoli con el plumaje verde olivo y la cabeza color melocotón. Mi
esposo, viendo al fin alguna ganancia en todo esto, me trajo feliz la jaula,
diciendo que si cada domingo entraba uno nuevo, pronto estaríamos en
la feria del otro lado del mostrador. Mas su expresión facial cambió,
pues fue evidente que la jaula, ya de por sí reducida para Bilbo, era
imposible como habitáculo para él y para Frodo juntos. Esta
vez mi suegro insistió en que no se perdía el paseo y con él
sumado a la procesión, jaulita pequeña en mano, para que no
hubiera errores, nos encaminamos a la feria, que ahora se había trasladado
para un sitio más cercano a donde llegamos, sudorosos y cansados, una
hora después.
Esta vez la primera en abordarnos fue una señora canosa, que nos felicitó
por nuestros preciosos pájaros - si me descuido mi esposo se los vende
-, insistiendo en que el último al que tratábamos de dar hospedaje
era una verdadera rareza, incluso para criadores expertos. Nos vendió
una jaula muy resistente, ideal para los dos visitantes de domingo, que le
agradecimos comprándole un canario, muy dulce, apacible y que jamás
cantó, para no quedarnos con la casita japonesa vacía - esta
última adquisición fue propuesta como regalo del día
de los enamorados del año siguiente -. Lo último que recuerdo
de ese día fue que tuve que llevar a mi marido a chequearse la presión,
después de haber dejado a mi suegro invitando a la vendedora a tomar
helado de vainilla, pues con las prisas había olvidado comerse el postre.
Viviría aún muy feliz con mis rosacolis, mis periquitos australianos
y mi canario, que me regalaban cada mañana, cada tarde y cada noche
un concierto desafinado e impetuoso de silbidos inconexos, pero mi ginecóloga
me tenía preparada una mejor noticia. Fui a verla por ciertos desarreglos
y me anunció que estaba embarazada, que lo que tenía por desajustes
era una amenaza de aborto y que debía guardar reposo absoluto por el
resto del embarazo. Ante la negativa absoluta de mi esposo, que ya tenía
bastante con asumir todos los quehaceres del hogar y los nuevos gastos que
mi situación suponía, de ocuparse de los cinco pájaros,
vi como partieron poco a poco mis queridos y escandalosos amigos. Bilbo y
Frodo, se fueron con mi hermano, que cuando se separó de la novia se
los dejó a modo de desagravio. Galadriel y Gandalf se los llevó
mi suegro, que después se cansó de ellos y se los dio a una
vecina, que a su vez los vendió a la mitad de su precio. El canario
Lucy, que nunca supimos si era hembra o macho porque no aparecía en
el catálogo la forma de diferenciarlos, fue el obsequio que le hice
a la ginecóloga, que al cabo de nueve meses del día en que comenzó
esta epopeya, colocó en mis brazos a mi preciosa Sarah Graziella, muy
parecida al padre en el carácter.
Diríase que puedo cerrar con broche de oro, pues no se puede pedir
más a la vida, pero entonces no entenderían por qué he
sentido necesidad de sentarme a la máquina de escribir. Desde las remotas
clases de piano de mi infancia, mover compulsivamente los dedos calma mis
nervios de un modo increíble. Y es que esta mañana, cuando me
disponía a encender las velitas conmemorativas del segundo aniversario
de mi hija, sentí que tocaban a la puerta con insistencia. Al abrir,
vi a mi hermano con expresión culpable, portando una enorme jaula desde
la cual me miraba con sorna un ave blanca con cresta amarilla.
- ¿Un lorito para la sobrina? - pregunté con sonrisa de compromiso,
mientras mi esposo comenzaba a golpearse la frente contra las paredes.
- ¿Cuándo vas a aprender algo de aves, mi hermana? Esto es un
cacatiyo, aunque se llama Toro es manso y amistoso, capaz de aprender a silbar
melodías complejas, pero cuidado... no discutan en su presencia, los
cacatiyos pueden padecer de estrés.