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portada letras Tieso como palo + Roberto Fuentes

Roberto con su hija en Chile

 

Tieso como palo

Me encontraba escondido en un rincón oscuro junto a algunos compañeros de curso: los más lerdos. Los otros: los sociables, de seguro bailaban o conocían gente por ahí. Dina apareció por entre las parejas. A veces, sólo a veces, un poco de luz le iluminaba la cara; razón por la que me costó reconocerla al principio.
-Hola -dijo, y movió exageradamente la mano para que todos pudieran ver el gesto de saludo.
Podría haberse acercado a varios en primer lugar. A Nelson, que se encontraba en uno de los extremos de la fila. O al Gato, que se encontraba en el extremo opuesto. O quizá a Lorena, que ocupaba el centro de esa hilera de adolescentes sin saber qué cresta hacer en una fiesta. Pero cruzó esa curiosa línea, llegó hasta donde yo estaba parado -pegado al ventanal, como planeando la fuga-, me tomó la cabeza con una mano, suavemente, como lo haría con un bebé recién nacido, y me besó la mejilla mientras yo la tomaba por un brazo y le contestaba el saludo con idéntico beso. Ya antes le había besado la mejilla, todas las mañanas en el colegio, pero era primera vez que sentía tan claramente el contacto de mis labios con su piel y el de su dulce perfume con mi nariz.
-Qué bueno que estés aquí -dijo.
Sonreí. Quise decir algo ingenioso. Sólo quise.
-Aquí estoy -me acerqué al oído. Había mucho ruido-. Ten esto.
Le entregué un pequeño paquete de regalo. Los demás al verme repitieron el acto. Eran muchos regalos para ella sola. Tuve que ayudarla a sostenerlos.
-Acompáñame a dejarlos a mi pieza -dijo.
Tragué saliva.

-¡Señor Fuentes! -gritó la profesora histérica de castellano, que lamentablemente también tenía el cargo de profesora jefe.
La carcajada no pude detenerla por completo. Quedé con el vuelito: riéndome intermitentemente.
-Siéntese aquí -y apuntó el banco que ocupaba Lorena, al lado de Dina-. Y usted -dijo a Lorena- acomódese por ahí.
Me paré y caminé lentamente hacia mi nueva ubicación ante la risa contenida de todos mis compañeros. Era un castigo. Me sentaban con una de las niñas más tranquilas del curso y en el banco que estaba ubicado en primera fila, al frente del pizarrón. La profesora nunca me quiso mucho, pero fue lo mejor que pudo haber hecho conmigo.
Al principio no fue mucho lo que hablamos, pero bastaron un par de días solamente para hacernos amigos. Era linda. No tenía cara de muñeca, pero se le hacían margaritas al sonreír. El pelo era castaño claro, delgado y brillaba siempre; tenía un corte tipo melena y cada vez que escribía se lo acomodaba para mirar mejor. Era mezquina con sus palabras, como si las tuviera contadas, pero sabía usarlas. Obtenía buenas notas a base de mucho estudio y de un orden que, a veces, me irritaba. Me contó de su vida. Yo le conté de la mía. Pololeaba. Yo ni siquiera le había tomado la mano a una mujer. Su papá: comerciante. El mío: taxista. Ella tenía dos hermanas mujeres. Yo era hijo único. Ella prefería sonreír a reír. Yo, al revés, pero con el tiempo me contagió.

Dejamos los regalos encima de la cama. La pieza era inmensa, y era toda para ella. Miles de peluches se repartían por todo el lugar, algunos afiches de cantantes colgaban en las paredes. Los muros y el cielo eran blancos. El piso de madera, muy pulido, muy encerado, muy limpio, muy de todo. El cubrecama era rosado y un escritorio azulino, con cuadernos perfectamente apilados en la cubierta, completaban la imagen idílica del lugar. Cabe aclarar que a pesar de ser hijo único nunca tuve pieza propia.
Se acercó y a medio metro de mí preguntó:
-¿Te gusta lo que ves?
Sonrió y aparecieron las margaritas.
-Sí, mucho -contesté nervioso-. Bonita pieza.
Pasó una de sus manos por mi cuello. El corazón se me salía.
-Llegó Marcelo -dijo la hermana mayor al entrar de golpe-. Ah, está afuera preguntando por ti.
La hermana me miró un rato y se fue dejando la puerta abierta. Dina levantó los hombros y salió. La seguí hasta el pasillo. Luego busqué el baño.
Primera vez que iba a una fiesta-fiesta: con luces corta imagines, tubos ultravioletas, música súper fuerte, cervezas y bebidas por montones. Dina cumplía quince años e invitó a todo el curso, a gran parte del curso de la hermana mayor y a algunos amigos del barrio. El rock latino retumbaba por todos los rincones de la casa. De vuelta del baño, luego de esquivar a muchos bailarines, llegué a mi rincón junto al ventanal. La hilera de inadaptados se había disuelto. Hasta ellos bailaban. Pude ver a Dina con el pololo al centro de la pista. Por fin lo conocía. Era mucho más alto que ella, un poco más que yo. Se veía mayor, como de 18. Bailaba con gracia, seguro, con la mirada fija en la bola de cristal. Yo no podría moverme así. Soy tieso como palo, me dije. Durante mucho rato conversé con algunos compañeros y me hacía el tonto al momento cada vez que de querían salir a bailar. Iba al baño, fingía dolores de estómago o cansancio. Cansancio de qué, de nada, de mí, de todo.

-Te veo mañana.
-¿Mañana?... mañana, claro.
-¿Vas a ir a mi cumpleaños?
-Sí, yo creo que sí.
-Si no vas me pondré triste.
-No te preocupes.
-Muy triste.
-Ya sé.
-Entonces, ¿irás?
-Lo haré.
-Qué rico.

A pesar de ser Noviembre la noche estaba helada. Por el ventanal pude ver a muchos que salían al patio, pero se entraban altiro. Miré la hora: las una y media. Me sentí alegre por estar madrugando, aunque bostecé largamente.
-Vamos -me dijo Dina.
A pesar de lo pequeña de su mano y de delgado de sus dedos, me tomó con firmeza.
-¿Para dónde? -pregunté, luego de recuperarme del susto.
-A bailar.
-Pero... ¿y Marcelo?
No escuché la respuesta. Caminamos interminables pasos hacia la pista. Sentía que todos nos miraban. Un disco de Los Prisioneros salía por los parlantes en ese instante. Los parlantes más grandes que había visto hasta ese instante. No me acuerdo cuál cancón, pero era de los rápidos. Me soltó y comenzó a saltar. Eso lo puedo hacer, pensé, y di algunos brincos pequeños. Ella saltaba más alto. Me atreví a mover los brazos. Escuché su risa. Reí también. El tema terminó cuando empezaba a sentir el gusto de bailar. Las luces se apagaron casi por completo y un lento de los Enanitos Verdes hizo que muchas parejas dejaran de bailar, y que algunas nuevas se integraran. Dina me rodeó el cuello con sus brazos. Por un instante, que me pareció un siglo, no supe qué hacer con las manos. La tomé por la cintura y vi las margaritas. Ya no me quedaba saliva por tragar. Algunos compañeros me apuntaban desde una orilla. Me hice el leso. Sentí en mi pecho su cara. Tuve miedo de pisarla al principio, pero era cosa de cerrar los ojos, nada más. La abracé un poco más. Tocaron otro lento. Soda Stéreo a lo mejor, no sé con certeza. Nuevamente olí su perfume: definitivamente era dulce. Nunca antes una mujer había estado tan cerca de mí. Era raro rozarla, tocarla, apretarla.
-¿Me permites? -me dijo Marcelo.
-Por favor -contesté.
Hice un ademán. Sonreí. Me despedí de Dina con una reverencia. Volví a mi rincón. Terminaron los lentos. Aparato Raro sonó fuerte. Todos se tiraron a la pista. Yo también. Total, ya sabía bailar. Me divertí mucho el resto de la noche.

Roberto Fuentes,
Diciembre 2001.

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